20 años, 20 errores que vi repetir · 06

Hacer pricing por intuición en lugar de por valor entregado

Casi ningún precio se calcula: se hereda del costo, del competidor o de lo que alguien se animó a pedir la primera vez. El problema no es la cifra, es que después nadie sabe de dónde salió.

Roberto Jasinski 5 min de lectura

Casi ningún precio de los que veo en una propuesta fue calculado alguna vez. Fue decidido, que es otra cosa. Hubo un día, al principio de todo, en que alguien tuvo que contestar por primera vez cuánto salía el trabajo y contestó lo que se animó a pedir. Ese número quedó. Lo que vino después —la lista, los ajustes, las excepciones— son variaciones sobre una cifra que nadie volvió a discutir desde el origen.

Mirada de cerca, la intuición casi siempre es una herencia, y entra por una de tres puertas. Del costo: cuánto me sale hacerlo, más un margen que suene razonable. Del competidor: cuánto cobra el otro, un poco menos para entrar. O de aquella primera vez, la puerta más frecuente y la menos reconocida. Ninguna de las tres mira al cliente: las tres describen a la empresa que vende, no al problema que resuelve.

El precio por costo parece el más prudente de todos: tiene una cuenta atrás, y una cuenta tranquiliza. Pero el costo mide tu esfuerzo, que no guarda relación con lo que el resultado vale del otro lado. Hay trabajo que lleva semanas y le cambia poco a quien lo recibe, y hay decisiones que se toman en una reunión, con lo que aprendiste equivocándote antes, y le ahorran a una empresa un camino entero en la dirección errónea. Cobrar la segunda por hora es facturar la lentitud que no tuviste.

El precio por competidor parece más comercial y es peor. Estás copiando un número cuyo origen desconocés, de una empresa con otra estructura y otro problema de caja, que muy probablemente lo fijó con el mismo método que vos: mirando a un tercero. Una categoría entera termina cotizando alrededor de una cifra que alguien improvisó una vez.

Casi ningún precio se calculó. Se heredó de la primera vez que alguien tuvo que decirlo en voz alta.

El costo real de la intuición no es la plata que se deja sobre la mesa. Es que la intuición no deja rastro. Una corazonada no viene con el razonamiento adjunto, y con el tiempo ya nadie puede reconstruirlo: se cobra eso porque se cobró siempre eso. Entonces, en una negociación, aparece la pregunta más simple que existe —«¿por qué sale eso?»— y lo que hay enfrente es una descripción del trabajo, que no es una respuesta.

De ahí sale una debilidad que después se le atribuye al equipo comercial: un precio que nadie puede explicar tampoco se puede sostener. No hay piso, porque un piso es una razón y no un número. Y lo que cede en esa mesa no es solamente la cifra: cede la idea de que ese trabajo vale algo determinado.

La pregunta que ordena todo esto es incómoda y casi ninguna empresa la tiene contestada por escrito: qué le cambia al cliente cuando compra. No qué hace el producto, que eso está en cualquier lámina: qué deja de costarle, qué deja de pasarle, qué decisión puede tomar antes y con menos riesgo. Sin esa respuesta no hay pricing por valor, porque no hay valor medido: hay un servicio descrito y un número al lado.

Y sin ella el precio es una apuesta permanente que se pierde de las dos maneras. Si quedó bajo, el daño no es solo el margen: un precio dice algo sobre el tamaño del problema que resuelve, y una cifra chica describe un problema chico. Si quedó alto sin argumento, la venta se cae y nunca sabés por qué, porque «está caro» es lo que se contesta cuando no se quiere dar una explicación.

Lo más caro es que el error no sucede una sola vez. El primer número se convierte en la referencia de la que salen todos los demás, y cada revisión posterior es una proporción aplicada sobre una cifra inventada. El desvío original no se corrige con el tiempo: se propaga, prolijo y actualizado.

Lo que destraba esto no es un modelo de pricing ni una hoja de cálculo. Es una conversación que casi nadie tiene: preguntarles a los clientes que ya están qué les cambió después de comprar y qué hubieran estado dispuestos a pagar por ese cambio. Es investigación, no aritmética, y se posterga porque los dos hallazgos posibles incomodan. Uno es que lo que se entrega vale menos de lo que se cobra. El otro, el que veo con más frecuencia, es que vale bastante más, y que la empresa estuvo regalando la diferencia durante años por no haber preguntado.


Un precio fijado por intuición no está bien ni mal. Está sin explicar, que es peor: no se puede defender, no se puede subir con criterio y tampoco se puede bajar a propósito.

Todas las empresas saben cuánto cobran. Muy pocas saben por qué.

RJ Roberto Jasinski Inteligencia Artificial · Data Science · CRM · Revenue Operations

¿Podrías explicar hoy de dónde salió tu precio?

Antes de revisar la lista conviene reconstruir el argumento que la sostiene.