20 años, 20 errores que vi repetir · 12

Hacer outbound masivo sin tener definido a quién le vendés

Acotar el destinatario se siente como renunciar a mercado, y esa renuncia nadie quiere firmarla. Mientras no se firma, el volumen queda como única palanca.

Roberto Jasinski 5 min de lectura

La campaña se arma en una tarde, y esa es justamente la parte que engaña. Se consigue una lista larga, se escribe un mensaje que le pueda servir a cualquiera y se programa el envío para el lunes. En la reunión donde eso se decide la pregunta aparece, casi siempre de costado: a quién le estamos escribiendo. La respuesta es una frase amplia —empresas medianas, con equipo comercial, de la industria que sea— que no excluye a nadie y por eso no define nada. Todos en la sala lo saben. Se avanza igual.

Lo que más veces vi no es un descuido. El destinatario no se define porque acotarlo se siente como renunciar a mercado, y esa renuncia nadie quiere firmarla con su nombre. Escribir que le vendemos a este tipo de empresa y no a aquella obliga a decir en voz alta, delante de la dirección, que hay negocio al que no vamos a ir. Mientras la definición quede vaga, esa pérdida no figura en ningún documento y el mercado sigue siendo, en el papel, todo. Una definición ausente no es un olvido: es una decisión que se toma dejándola sin tomar.

El problema de no tomarla es que después queda una sola palanca. Un mensaje se mejora cuando se sabe quién lo lee: se cambia el ejemplo, el problema del que se habla, hasta el momento del año en que conviene mandarlo. Sin destinatario no hay nada de eso para ajustar, así que lo único que puede subir es la cantidad. Y la cantidad tiene un costo que no aparece en la planilla de la campaña: quema la lista y quema la marca al mismo tiempo. La lista, porque a alguien que ya ignoró un mensaje genérico no se le vuelve a escribir desde cero. La marca, porque el nombre de la empresa queda asociado a algo que nadie pidió, y esa asociación llega justo a las personas a las que se quería llegar bien.

Un mercado se recorre una sola vez con un mensaje que no le hablaba a nadie: la segunda vuelta empieza por debajo de cero.

Después está la respuesta, que es la parte más engañosa. Algo siempre contesta, y una tasa de respuesta que no es nula se lee como prueba de que el mecanismo funciona. Conviene mirar quién contestó. El que responde un mensaje que no fue escrito para él suele ser el que menos opciones tiene: el que se quedó sin proveedor, el que ya recorrió a los demás, el que está buscando cualquier cosa. El que tiene el problema resuelto y la agenda ocupada no contesta, y no contesta aunque fuera exactamente el cliente que se quería. Lo que vuelve de un envío masivo no es una muestra del mercado: es una muestra de los que estaban disponibles, que no es lo mismo.

El costo mayor, sin embargo, no es ninguno de esos. Es que la campaña no deja nada. Cuando se le escribió a todos con lo mismo y respondieron pocos, no hay manera de saber qué falló: si el destinatario, si el mensaje, si el canal, si el momento. Se movieron todas las variables a la vez y ninguna quedó fija para comparar. Una campaña sin destinatario definido no es un experimento que salió mal; no llega a ser un experimento. No produce aprendizaje, no deja residuo, y el trimestre siguiente la discusión arranca desde el mismo lugar, con una lista un poco más larga.

Por eso una definición estrecha, incluso equivocada, vale más que la ausencia de definición. Elegir mal el destinatario produce una señal legible: se le habló a un tipo específico de empresa sobre un problema específico, pasó algo o no pasó nada, y se puede mover una pieza y volver a mirar. Una definición equivocada se corrige en unas semanas; una definición ausente no se corrige nunca, porque no hay contra qué contrastarla. Lo único que se puede hacer con ella es repetirla más fuerte.

Lo incómodo es que la corrección no es técnica. No la resuelve una herramienta mejor de contactos ni un mensaje mejor escrito: la toma alguien con autoridad, diciendo a qué mercado no vamos a ir este año, y sosteniendo el silencio que viene después. Se posterga trimestre tras trimestre porque el costo de decirlo es inmediato y tiene cara visible, mientras que el costo de no decirlo llega repartido en pedazos, disfrazado cada vez de campaña que no rindió.


Elegir a quién le vendés no achica el mercado: lo vuelve visible. Lo que no se eligió no desaparece, queda repartido en una lista donde ya nadie lo puede reconocer.

No definir a quién le vendés no te deja el mercado abierto. Te lo deja sin nombre.

RJ Roberto Jasinski Inteligencia Artificial · Data Science · CRM · Revenue Operations

¿La lista es cada vez más larga y el resultado es siempre el mismo?

Media hora sobre a quién se le está escribiendo suele aclarar más que otra campaña.