20 años, 20 errores que vi repetir · 09

Confundir al cliente leal con el cliente rentable

La antigüedad de una cuenta es un dato del calendario. Dice hace cuánto está, no qué deja, y casi nadie tiene la segunda respuesta.

Roberto Jasinski 5 min de lectura

Preguntale a cualquier director cuál es su mejor cliente y te va a nombrar al más antiguo. La respuesta sale rápido y sale con afecto: está desde el principio, aguantó con nosotros las épocas malas, nunca se fue. Es una respuesta hermosa a una pregunta que era sobre dinero. La antigüedad no contesta nada sobre rentabilidad, y sin embargo la contesta siempre, porque es el único dato que todo el mundo tiene a mano.

El problema no es el afecto. Es que nadie midió. Pedí la facturación por cliente y aparece en un minuto; pedí cuánto cuesta atender a cada uno y empieza el silencio. Las horas de soporte que consume, la reunión mensual que se sostiene por costumbre, el reporte a medida que alguien rehace siempre, el escalamiento que termina en la dirección: nada de eso tiene un precio asignado. La rentabilidad por cliente, en la mayoría de las empresas que conozco, es una intuición con planilla.

Y cuando ese costo se estima, aunque sea grueso, la lista se reordena. El cliente más viejo suele tener el precio más viejo, firmado cuando la empresa era otra empresa, necesitaba el logo y cobraba lo que podía cobrar. Después, cada año, el ajuste se aplicó con prudencia, porque es un cliente de años y no se lo quiere incomodar. Mientras tanto el alcance creció: se fue sumando lo que iba pidiendo, sin volver a abrir el contrato. El margen se adelgaza de los dos lados a la vez y ninguno de los dos movimientos se decidió.

El cliente más antiguo es el que tiene el precio más desactualizado y la lista más larga de excepciones que nadie volvió a cobrar.

Esas excepciones no se negociaron: se fueron dando. El informe con el formato que ellos usan, el plazo de respuesta más corto que el de todos los demás, la persona del equipo que «conoce la cuenta» y por eso no puede tomar otras. Cada concesión, por separado, fue razonable. Sumadas son una estructura de atención distinta a la del resto, sostenida al precio del resto.

Después está la palabra. «Leal» describe una preferencia, y buena parte de lo que llamamos lealtad es inercia. El cliente sigue porque cambiar tiene un costo que no quiere pagar: migrar los datos, volver a capacitar al equipo, explicarle a su propio directorio por qué cambió. Eso es permanencia, no preferencia, y confundirlas sale caro en las dos direcciones: hace creer que hay una relación donde hay un costo de cambio, y hace creer que no se puede tocar nada.

La prueba es simple y casi nadie la hace: preguntarse qué pasa si mañana se le pone el precio que corresponde. El que se queda por preferencia discute, pide ver el detalle, negocia y se queda. El que se queda por inercia se va en cuanto aparece una alternativa que le ahorre la molestia de irse. Un cliente que no se va porque le cuesta irse no es un activo: es una cuenta regresiva que todavía factura.

Sospecho que por eso el número no se calcula. Calcularlo obliga. Si aparece, hay que hacer algo: subir el precio, recortar el alcance a lo que está contratado o dejar ir a alguien con quien hay historia. Son tres conversaciones incómodas y no medir es una forma bastante eficaz de no tenerlas. La postergación se paga igual, en otra moneda: la agenda del equipo ocupada por la cuenta que menos deja, y un precio de lista que el contrato más viejo contradice.

Hay además una consecuencia más silenciosa. Como está desde siempre, el cliente antiguo termina definiendo cómo trabaja la empresa. Sus excepciones se volvieron el proceso, su formato de reporte se volvió la plantilla, sus tiempos se volvieron la norma, y quien entró después los aprendió como si fueran la manera correcta de hacer las cosas. La cuenta que menos margen deja es la que fijó el estándar para todas las demás.

La conversación que sirve, entonces, no empieza por quién nos deja menos. Empieza por cuánto cuesta atender a cada uno, aunque el número sea aproximado: un costo estimado ordena mejor que una intuición precisa. Y una vez que está, subirle el precio a un cliente de años deja de ser un castigo y pasa a ser lo que siempre fue, poner al día un acuerdo que quedó viejo. Del otro lado suelen entenderlo antes que uno.


La antigüedad dice hace cuánto está un cliente. No dice qué deja, ni cuánto cuesta atenderlo, ni si se quedaría si tuviera una salida cómoda. Son preguntas distintas, y en la mayoría de las empresas ninguna de las tres tiene respuesta escrita.

Hay clientes que nunca decidieron quedarse. Simplemente no se fueron todavía.

RJ Roberto Jasinski Inteligencia Artificial · Data Science · CRM · Revenue Operations

¿Sabés cuánto cuesta atender a tu cliente más antiguo?

Media hora sobre costo de servir y precio suele reordenar la lista de las cuentas buenas.