20 años, 20 errores que vi repetir · 17

Dejar que cada área defina su propio ciclo de vida del contacto

Cada lista funciona para el equipo que la escribió. El problema no está en ninguna: aparece el día que alguien quiere sumarlas.

Roberto Jasinski 5 min de lectura

Este error no tiene un momento; se comete de a pedazos, en reuniones separadas por meses, y cada pedazo es razonable. Marketing define los estados por los que pasa un contacto hasta que vale la pena llamarlo. Ventas define los suyos, que empiezan donde esa lista termina y describen una decisión de compra. Servicio arma los propios, que hablan de puesta en marcha, de uso y de renovación. Cada una de las tres listas funciona. El problema no está en ninguna: aparece cuando alguien quiere sumarlas.

Y aparece tarde, que es lo que lo vuelve caro: durante mucho tiempo nadie necesita el total. Cada área trabaja con su propia vista, y un ciclo de vida sirve sobre todo para eso: es un instrumento de trabajo antes que un instrumento de medición. Le dice a una persona qué hacer mañana con ese registro. Para esa función, la lista de servicio no tiene por qué parecerse a la de ventas, y forzarla a parecerse sería empeorar las dos.

Lo que rompe no es que las listas difieran, sino que usen las mismas palabras. «Activo», «perdido», «cliente», «cerrado». Ninguna significa lo mismo en las tres áreas, y ninguna está tan lejos de las otras como para que la diferencia se note al hablar. Si fueran vocabularios distintos, la traducción sería evidente y alguien la habría escrito. Son vocabularios parecidos, y los vocabularios parecidos no se traducen: se confunden.

Tomá una cuenta de las que dejaron de comprar. Para ventas está perdida: hubo una oportunidad, se cerró sin venta y salió del embudo. Para servicio está activa: la implementación sigue en pie y esta semana hay pedidos abiertos. Para administración la pregunta es otra —si está al día— y la respuesta no tiene por qué coincidir con las anteriores. Tres estados simultáneos y ninguno mal asignado. Lo que cambia no es la cuenta: es qué le está preguntando cada área.

Un ciclo de vida no es una lista de estados. Es un acuerdo sobre qué tuvo que pasar para entrar en cada uno, y esa parte casi nunca se escribe.

Los estados se documentan siempre; es lo primero que pide cualquier implementación. La condición de entrada se queda en la cabeza de quien mueve el registro. Mientras esa persona sea la misma, el criterio es estable y nadie nota que falta. Se mueve cuando cambia quien lo aplica, y se mueve en silencio, porque no hay contra qué contrastarlo. Así una serie histórica termina con un quiebre que no corresponde a nada del negocio, sino a una renuncia.

La señal es doméstica y fácil de reconocer. Para contestar una pregunta elemental —cuántas cuentas activas hay— alguien tiene que consultar a tres personas, recibir tres respuestas correctas y después decidir cuál usa. Ese trabajo de reconciliación no figura en ningún proceso, lo hace siempre la misma persona con criterios que nunca escribió. El total que sube a la reunión de dirección es, en los hechos, el criterio privado de quien armó la planilla.

Unificar suena a tarea de definiciones y es una negociación dura. Ceder presupuesto se negocia; ceder vocabulario se resiste bastante más, porque el vocabulario es cómo un equipo describe su propio trabajo todos los días. Si servicio acepta llamar «perdida» a una cuenta que hasta ayer nombraba activa, sus reportes dejan de compararse con los anteriores y su gente tiene que reaprender cómo se nombra lo que ve. Nada de eso es capricho: es costo real, y cae entero del lado que cede.

Mientras tanto, las discusiones que esto genera no se pueden ganar. Dos personas miran la misma cuenta, llegan a conclusiones opuestas y las dos pueden fundamentar la suya con el sistema abierto. No hay a qué apelar: lo que falta no es un dato ni un permiso, sino una definición común que nadie redactó. Esas discusiones terminan por jerarquía o por cansancio, y ninguna de las dos formas deja un criterio para la próxima vez.

Lo que vi sostenerse no es una lista única para todos, que además empeora el trabajo de cada equipo. Es una columna corta —unos pocos estados que la empresa entera comparte, cada uno con su condición de entrada escrita— de la que cuelga el detalle propio de cada área, con la traducción entre niveles a la vista. Armarla lleva una tarde; sostenerla es el trabajo, porque cada vez que el negocio cambia alguien tiene que decidir si el estado nuevo sube a la columna o se queda donde nació.


Las definiciones de un área no se contradicen con las de otra por descuido. Se contradicen porque cada una se escribió para resolver un problema distinto, y todas lo resolvieron.

El mismo contacto, activo para un área y perdido para otra. Las dos con razón, y ninguna con a quién apelar.

RJ Roberto Jasinski Inteligencia Artificial · Data Science · CRM · Revenue Operations

¿Cuántas cuentas activas tenés, y a cuántas personas hay que preguntarles?

Media hora sobre qué tuvo que pasar para entrar en cada estado ordena más que un tablero nuevo.